Es muy bueno que artículos periodísticos promuevan el debate y la reflexión, cosa no demasiado frecuente en la actualidad. Este es el caso de un artículo del periodista Marcelo Pereira publicado hoy en La Diaria que me permito transcribir y a propósito del cual haré algunas reflexiones.
Dos paquidermos
El Frente Amplio logró que la ciudadanía le renovara el mandato de conducir el gobierno nacional, pero aún no ha logrado su propia renovación.
Esto puede medirse en relación con los relevos generacionales, con el recambio de liderazgos, con los criterios de funcionamiento orgánico o con las definiciones ideológicas y programáticas, y en todas esas áreas se perciben con claridad aspectos del mismo problema, que se refuerzan unos a otros. No es fácil revisar conceptos si se mantiene durante muchos años el elenco que toma las decisiones. Ni que crezcan nuevos dirigentes si las bases no se modifican. Ni atraer a más jóvenes si no varían las formas de funcionamiento. Ni que cambien los procedimientos internos si no se revisan los conceptos.
Es interesante comparar este desafío complejo con otro que no lo es menos: el de la reforma del Estado, una de las prioridades del nuevo gobierno que más puede costarle afrontar. En ambos casos parece necesario sacudir rutinas del pensamiento y de la práctica cotidiana para redefinir objetivos y líneas de acción, creando un ambiente motivador para los dirigidos y los dirigentes.
Otra semejanza importante, y muy vinculada con la problemática que debe resolverse, es que se trata de estructuras envejecidas en sentido literal, llenas de personas añosas que se sienten amenazadas por la posibilidad de cambios. Sin embargo, cuando se habla de la reestructura del FA es obvio que uno de los objetivos más deseables es atraer a gente más joven que contribuya a impulsar la renovación (no para sustituir a los que hoy están, sino para formar una masa crítica que ayude a instalar otra dinámica), y en relación con la reforma estatal se suele plantear entre las principales metas, por el contrario, una reducción del personal, o por lo menos un cese de los ingresos.
Este enfoque de la cuestión del Estado es lógico para quienes piensan que reducirlo es algo bueno por sí mismo, a partir de una concepción ideológica que apuesta casi todas sus fichas a la dinámica del mercado, es enemiga jurada de las intervenciones gubernamentales que puedan “distorsionar” esa dinámica y asume como verdad evidente que el sector público es incapaz de actuar con eficiencia. Allá ellos, con sus adhesivos que reclaman “¡Bajen el costo!”: son los que apoyan programas de reforma del Estado que son apenas de ajuste fiscal. Pero todo eso no parece tan lógico desde una perspectiva de izquierda, que presumiblemente parte de la definición de otras tareas y aspira a desempeños más potentes.
¿Es posible cambiar el Estado uruguayo sin gente nueva? Posible, quizás; pero sin duda muy cuesta arriba. Basta ver el contraste que marcan algunas áreas de la Intendencia de Montevideo en las que se trabaja con jóvenes, por ejemplo en el Teatro Solís y en algunos trámites relacionados con el pago de tributos. Quizás una de las claves sea lograr una interacción fecunda entre esos islotes distintos del aparato estatal y los grandes continentes burocráticos. Y quizás en el Frente Amplio no haya que hacer algo muy distinto.
Marcelo Pereira
Este artículo coloca en primer plano dos tópicos que parecen haberse instalado (o así debiera suceder) en el debate y en el accionar de la izquierda: la tan mentada Reforma del Estado y la renovación de la izquierda. Si bien ambas tienen un componente generacional, tienen otro – también sustantivo – las estructuras de pensamiento y acción.
Más que los sloganes o consignas en sí me preocupa desde qué estructuras de pensamiento abordamos – desde la izquierda – estas importantes cuestiones. He manifestado en reiteradas oportunidades que la izquierda uruguaya ha dado una magnífica batalla al neoliberalismo en el terreno de la economía y su manejo. Sin embargo, desde la cultura que genera sentido y formas de pensar y actuar en lo cotidiano, se han naturalizado a tal grado la ideología neoliberal que ha logrado no sólo permear, sino instalarse en nuestro pensamiento. El pensamiento conservador de derecha ha impuesto el modelo lineal de pensar evitando la complejidad de las cosas. Y es justamente en los temas más sensibles donde siento que desde la izquierda nos entrampamos en la linealidad, cuando nuestra gran responsabilidad debe ser plantear, develar, explicitar la complejidad y sus desafíos.
¿Un mejor Estado implica solamente discutir su tamaño y el número y composición generacional de sus funcionarios? o supone también hablar de eficacia, eficiencia y agilidad en sus acciones, de garantizarle a la ciudadanía el ejercicio de sus derechos fundamentales, de articular pertinentemente lo público y lo privado. ¿Se quejarían los ciudadanos por un funcionariado público numeroso si este lo atendiera con deferencia y prontitud y diera cabal respuesta a sus demandas?
Por otra parte una fuerza política de izquierda en el siglo XXI ¿se renueva solamente incorporando jóvenes a sus filas? O supone también “abrir puertas y ventanas para ventilar la casa”, dejar de pensar en la organización por la organización en sí para usarla como herramienta flexible que permita la dinámica que genere pensamiento nuevo.
Ni en la izquierda ni en el Estado se solucionarán los problemas y abordarán los nuevos desafíos desde la lógica del blanco y negro. Ese no es el camino para pensar, sentir y hacer de la izquierda. Desde ya el camino de la complejidad y la integralidad – que es para mí el camino de la izquierda – es mucho más difícil pues implica la generación de nuevas hegemonías. Implica dejar la modorra internista para salir hacia la gente. Nos impone abandonar la cabecita de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Y, lo más importante, nos obliga a reconocer que los uruguayos y las uruguayas – nuestro pueblo – mayoritariamente ha cambiado. Derribó mitos y tabúes. Se sacó de encima algunas prisiones. ¡Claro que nosotros – la izquierda – colaboramos para que ello fuera posible! (Por favor no me vengan con sermones que desde los 14 años ando en este baile) Pero y ¿la dialéctica? ¿Cómo impacta en nosotros este cambio? ¿Cómo nos mueve, nos conmueve, nos cambia? ¿Nos atrevemos a vernos, o por lo menos, a aceptar cómo nos ven?

Muy de acuerdo! uyyy...me diste ganas de leer a Morin y a Virilio, a mi entender unos genios en estas cosas del pensamiento complejo, la modernidad y la pos medernidad...
ResponderEliminarPor otra parte destaco lo que decís de los funcionarios públicos! no creo que la solución esté en reducir los ingresos a la funcion sino en mejorar la calidad de atención de los RRHH, la política de OPP con el Premio Nacional de Calidad de Atención a la Ciudadanía es un estímulo para que las "cabezas" se pongan las pilas y se den cuenta "sin querer" que a la larga la calidad genera rentabilidad, cosa que generalmente se asocia solamente a las empresas privadas. ;) muak. Julita.